Mulán 2020. Leal, valiente y verdadera?

La historia de Hua Mulan, la legendaria guerrera china que desafió las convenciones y las leyes de su época y que hoy sirve como ejemplo narrativo feminista, es una de las más estimadas en el antiguo gigante dormido. No sabemos si su balada perdida del siglo VI ni su versión posterior del XI tienen bases históricas, pero eso carece de importancia si lo que nos interesa es el puro viaje del relato. 

Esta última propuesta de Disney es reconocible por el pasado de la película de animación, con ingredientes y detalles que la recuerdan, así como la trama general, por supuesto. Pero, del mismo modo que El rey león (Jon Favreau, 2019)encuentra una identidad propia mediado el metraje, la nueva Mulán se ha decidido por esa virtud. Su gran colorido, como en el caso de Aladdín (Guy Ritchie, 2019), no ayuda a la credibilidad de su ambientación de la Edad Media china, que nos debiera parecer más sucia y no similar a la de un cuento infantil. No obstante, así también nos brindan cuadros hermosos, casi oníricos y de distintos colores, y uno no puede sino admitir que disfruta al contemplarlos.

De esta forma, el personaje de Mulan cambia de forma drástica, ya no se trata de una joven más o menos desvalida que supera sus limitaciones para convertirse en una gran heroína. En su lugar se la presenta como alguien que no encaja en la sociedad de la época y que tiene que abrazar quién es realmente para poder conseguir lo que está llamada a ser. Esa es la auténtica base de esta película y el resto de decisiones, incluso la aparición de algún nuevo personaje, vienen motivadas en mayor o menor medida.

Por lo pronto, el lado más ligero del original animado se sacrifica casi por completo -en sus primeros minutos todavía hay algo, pero luego desaparece- en aras de un enfoque más dramático que haga especial hincapié en el crecimiento de su protagonista sin recurrir en exceso a un apoyo externo. De hecho, el principal paralelismo se establece con la principal aliada (Gong Li) del gran villano de la función, un personaje creado para la ocasión que ayuda a reforzar el viaje de la protagonista, aunque lo haga creando un personaje poco estimulante que además impide dar más cancha al enemigo final.

Ya en la producción original se notaba que Shan Yu era un malvado con presencia amenazante pero un fondo que daba para mucho más de lo que vimos. Aquí en su lugar tenemos al Bori Khan interpretado por un desaprovechado Jason Scott Lee y la verdad es que el cambio es a peor. Más allá de la necesidad de querer vengar a su padre, estamos ante un personaje plano cuyo desarrollo se ha sacrificado para potenciar lo que mencionaba en el párrafo anterior.

Puede antojársenos un tanto ingenua en su solemnidad y en determinadas secuencias de acción orientalizada, sobre todo para espectadores resabiados. Pero esto ocurre más bien en el tramo inicial porque, en adelante, logra que nos metamos hasta el fondo en el espíritu viejuno, severo y honorable de la historia. Y casi no hay lugar para el humor que tan estupendamente había funcionado en la primera Mulán ni, por supuesto, para el verborreico Mushu, solo algunas pizcas. Porque esta aproximación es para tomársela muy en serio, algo muy razonable que la debilita frente a la aventura de Barry Cook y Tony Bancroft, la cual nos arrancaba carcajadas y, al fin, nos conmovía con genuina sinceridad.

El montaje se muestra dinámico cuando corresponde, en escenas de acción o de actividades laboriosas en las que aburriría detenerse demasiado, sereno para las que exhiben la quietud o la consabida gravedad oriental u oportunamente paralelo, dándole vida a una planificación, con cámaras lentas ocasionales, que no suele relucir pero tampoco deja nunca de resultar adecuada. Si bien debe reconocerse que algunos instantes, como aquel en el que Mulán viste la armadura, habían sido ideados mejor visualmente en la película animada. Y el compositor Harry Gregson-Williams (Shrek) cumple con su refuerzo musical y a la hora de dar cohesión al producto con sonidos de Oriente, pero no brilla.

El filme no satisfará mucho a los que gustan del realismo en el cine bélico de las heridas expuestas y las espadas enrojecidas porque aquí no hay sangre ni para hacer un análisis, pero sí a los aficionados a las coreografías de lucha de estilo oriental. Y nos ofrecen una narración diferente sobre el origen de las habilidades de su protagonista, tal vez no más fácil de creer que el de la Mulán de animación pero sí con una impecable coherencia. Y una nueva villana o antiheroína que proporciona cierto reflejo imprevisto, una curiosa perspectiva especular de dos aspiraciones femeninas semejantes en bandos opuestos, para un espectáculo digno que honra a la legendaria guerrera sin maravillarnos.

 

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