Fruits Basket S2, cada vez más fiel al manga y sentimental.

Miedo, tensión, ansiedad. ¿A qué? ¿Porqué? Da igual. Todos hemos vivido con ello. Convivido con esa horrible sensación asfixiante, que amenaza con abalanzarse en cada esquina. Hay quien vive con ello a diario. Hay quien lo ve distante. Quien lo reconoce. Quien lo oculta, porque parte de ese miedo surge de la propia idea de reconocerlo.

Creo que Fruits Basket es la obra perfecta para acompañar estos días tan duros, de lejanías y miedos. Pero también pienso que la fórmula perfecta de la obra es aquella en la que da una de cal y una de arena. Porque la evolución de sus personajes no se da de forma espontánea, sino que hay un enorme camino a recorrer. Es ese punto medio en el que puedo soportar que su historia me mire a los ojos con intención de hacerme daño sabiendo que antes de que llegue ese punto me enseñará que el miedo tiene un fin.

Me gustan esos momentos de retrospectiva en la que sus personajes reflexionan sobre su pasado, sin ignorarlo, para enfrentarlo y trabajar sobre sus errores. De alguna forma, esta segunda temporada consigue sentirse como una segunda parte al uso, sirviendo como un aviso, una advertencia. Casi parece que la propia obra repita a cada momento un, “eh, es hora de seguir adelante, ¿verdad?”.

El primer arco de Kyo es uno de aceptación personal. Una visita a Kazuma, un espacio íntimo con Tohru; la idea de que puede confiar en alguien. Por su parte, la chica tiene también sus pequeñas complicaciones en el segundo capítulo de la obra, siendo Shigure el responsable de calmar sus ansiedades con esas tiernas metáforas que tiende a esgrimir para servir de apoyo. Porque es tan importante pensar en el futuro como el saber cuando es necesario parar y tomar un descanso.

Sin embargo, es su tercer capítulo y como se enfoca en Yuki lo que me parece más relevante de lo visto hasta ahora. La simple idea de querer conocer más a Ayame, su hermano mayor, es muestra de la constante evolución del chico y cómo decide seguir su propio camino, dibujando un futuro aún lejano pero con objetivos claros. Pequeñas escenas que muestran más de ambos. De cómo uno sufre la soledad y la reclusión mientras el otro sangra la culpa de haber sido partícipe de esos castigos.

Pequeñas escenas que me gusta entender, también, como pequeñas lecciones morales. Momentos tan simples como el de Ayame asegurando a su hermano que no está solo y que jamás será una herramienta son ejemplos de cómo la obra constituye una constante entrega de cariño. Porque, pese a su simplicidad, si se observa con retrospectiva y siguiendo lo que dicta la narrativa de la serie, son momentos que valen por un mundo.

No suele ocurrir el llegar al final de un texto sabiendo que todo lo que ha quedado tras estas líneas es pura subjetividad nacida de la más pura identificación personal. Pero es gratificante. Y lo cierto es que esto es lo que siento que debería significar Fruits Basket para cualquier persona que pase por ella. Porque, de nuevo, Fruits Basket es un corazón primaveral.

Es esa obra que, no importa el cuando ni el donde, siempre está dispuesta a darte un abrazo. No te engañará, el mundo no es de color rosa, pero siempre se puede seguir adelante. Verse reflejado en la obra de Natsuki Takaya es, siempre, algo complejo de describir; un tierno empujón capaz de salvarte en un momento de necesidad.

Lo que está por venir, sinceramente, no es demasiado importante en estas líneas. Con tan solo tres episodios, la segunda temporada de Fruits Basket ha conseguido definir por completo lo que la hace especial, apuntando a la idea de “seguir avanzando” con su particular dosis de dulzura. ¿Lo que nos espera? Mentiría si no reconociese las ganas que tengo de verlo. Mentiría también si dijese que Takaya y su obra son todo un referente a la hora de hacerme sentir mejor cuando lo necesito. Me parecería injusto pedirle más y, sinceramente, espero que puedas compartir ese sentimiento si has llegado hasta estas líneas.

 

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